Arde todavía la tarde en tu deseo llanto cubriendo de muda ceniza aquello cuanto no amaste Se abre el horizonte al abismo de tu encendido sexo la herida que no cicatriza y el sofá donde tus miedos Tumbado estás sin orilla, deshabitado de besos, como un náufrago de piel que se rinde a la tormenta En la distancia, ella te mira con el amor de lo creado y te nombra para que seas envolviéndote en su abrazo. Son las calles hoy del aire el desahogo y la calma. Una mujer te lee en verso vive tu carne en ellos.

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